Personaje caminando por paisaje animado

EducándoME: Equivocarse para aprender

Los errores surgen cuando intentamos dominar una nueva situación, cuando nos aproximamos a lo desconocido; cuando, de la nada, constuimos una experiencia. “Si no te equivocas de vez en cuando es que no lo intentas.” Cada mañana leo esta frase de Woody Allen en mi cortina de ducha, y ésta me mueve varias emociones.

Mi primer impulso es validar esta apreciación del cineasta estadounidense: “Tiene razón”, me digo. Después, el pesimismo toma el control: “Sí, pero es muy frustrante equivocarse muchas veces”, “es fácil pensar así cuando a ti te salen las cosas”, etc. Vamos que una frase que debe ser motivacional, me deja un raro poso al poco de leerla, y debo hacer el esfuerzo intelectual de reflexionar sobre esa emoción, para encontrar la causa de esa negatividad casi inmediata.

Tenemos un miedo patológico a cometer errores. Y aunque con mucho esfuerzo personal llegues al punto vital de ser consciente de la causa, esa pulsión vuelve de nuevo en cuanto bajas la guardia. Hemos aprendido desde muy pequeños a cultivar ese miedo. De nuestros padres, que proyectan sobre nosotros sus temores, de nuestros maestros del colegio, que nos penalizaban con calificaciones negativas si nos equivocábamos, de nuestros jefes, de nuestros clientes… La sociedad nos somete desde pequeños a una gran persión para que no los cometamos. Y los medios de comunicación nos muestran a las personas de éxito como seres infalibles que no fracasan nunca. ¿Cuántas veces se nos ha pasado una idea creativa por la cabeza y acto seguido nos suena una voz interior para pararnos los pies (“estáte quieto, Javier, que lo mismo la cagas”)? A mí unas cuantas. Os lo garantizo.

Y aunque soy consciente de ello y lo trabajo a diario, el miedo sigue ahí, agazapado, esperando el momento de dar la cara para la lograr que me eche atrás en algo. Hay que estar alerta.

El error como herramienta de aprendizaje

Entre mis múltiples ocupaciones profesionales está la docencia. En la Escuela Superior Internacional de Murcia trabajo como docente en algunas asignaturas. Y cada curso veo como produce un shock inicial para muchos alumnos mi rol en el aula. Estamos acostumbrados a la clase magistral, en la que el que sabe enseña a los que no, y mediante unas herramientas informáticas los profesores muestran cómo hay que hacer las cosas. Nunca me sentí cómodo con ese rol.

Hace unas semanas, un grupo de alumnos tenía que grabar en el croma de la escuela unas imágenes para construir una escena en la que integrar imagen real e imagen animada. Les facilité los equipos y les facilité material didáctico por si querían hacer uso de él. Y me limité a observar. Cualquiera que vea la foto que hay a continuación pensará que lo tuvieron realmente complicado para después editar la imagen por la iluminación que emplearon. Yo mismo lo pensé al ver que la luz que incidía sobre el fondo, además de escasa, era irregular. Pero me mordí la lengua. Mi deber, en ese momento, no era corregirles.

El croma funcionó. Pero eso era lo de menos. Como un niño con un juguete nuevo, ellos necesitaban descubrir las cosas por sí mismos. Probar todas las posibilidades sin la intervención adulterada del profesor. El conocimiento es construido, no recibido.

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